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...seguí

A 8:15 de la noche una campana suena una vez. La conversación cesa, los tacos de la sala de trucos descansan. Las botellas de cerveza son puestas abajo. Todos los hombres están de pie a atención mirando la Iglesia de Santa Rita. El pueblo está silencioso. Las maños están cerradas. Un minuto más tarde el gongo suena. Los hombres se bendicen con la señal de la cruz. La juerga resume.

¿De qué fue todo eso?

“Rezamos por los calólicos en todas partes del mundo,” Poncho dice.

Cucko reza por nosotros.

La gente camina por millas de comunidades distantes para rendir homenaje a San Juan de los Lagos arriba en las colinas no muy lejos de Ayotlan. Un pueblo de 70,000, es a Jalisco lo que Dubuque es a los Catolicos de Iowa. Una iglesia en cada rincón, inclusive una basilica visitada por Papa Juan Pablo II.

Los peregrinos se acercan a la puerta y caen a las rodillas en es suelo de adoquines. Marchan en las rodillas al altar, donde ofrecen una oración a Santo Toribio, patron de los inmigrantes.

El corriento de humanidad en lad rodillas continua todo el día y toda la noche.

Jesús llora lágrimas de sangre en los retratos. La Madona mira abajo, triste. Y allí, envuelta en flores, está la foto de Toribio, un padre catolico en esta region antes. Hace sesenta años, se dice, los federales asociados con PRI dijeron a Padre Toribio que renunciara la Iglesia Catolica. Él se negó. Los federales cortaron las partes más bajas de sus pies e hicieron que él caminara a San Miguel en los muñones sangrientos, donde lo colgaron de un árbol.

En los 1970, un inmigrante estaba en el desierto de Arizona perdido y sin agua. Un hombre apareció, le dió agua y le mostró la ruta. El inmigrante, y volvió a rendir homenaje al santo cuyo retrato no había visto.

Al llegar a San Juan de los Lagos, vió el retrato de Toribio. Fue el mismo hombre que lo había ayudado en el desierto. La gente dice que esto pasa todo el tiempo. Toribio da dinero a agua o Consuelo a la gente lanzándose sobre la frontera durante la oscuridad de la noche.

“¿Cree usted esto?” pregunté a Moises Degado, el official del Condado Ayotlan y un abogado.

“¿Sí, usted no?” me preguntó.

“Soy como Tomás Dudoso,” dije. “Yo necesito ver las heridas y sentirlas para creer verdaderamente.”

Los retratos ensangrentados, la gente en las rodillas, las caras tristes, las revoluciones, las esperanzas destruidas, la mujer sin brazos cosiendo con los pies, la pobreza sencilla, la sala para rehidración, la mujer pobre con la caña de azucar, las bondades sin respuesta, las heridas alrededor, ineludible pero convincente. Usted es atraido a envolverse en todo.

El aeroplano se inclinó sobre Omaha. Los campos son de oro en el sol de las cinco de la tarde sábado. Es hermoso. En algún lugar en I-80 o I-29 un camion está lleno de mexicanos que esperan un futuro. Algunos terminan muertos iguales que los apilados en un carro del ferrocarril en Denison. Algunos tienen éxito, como Raúl Andrade, que conoció a su esposa Angie Stephan hace cuatro años en Storm Lake.

Están contentos, Raúl se hará un ciudadano. El tíene un camion rojo y brillante que él quiere entregar a su padre, un campesino, en la fiesta de Santa Rita el 14 al 22 de mayo. El camion de su padre está roto. Él espera traer a su hija de dos años, Cambrie, a ver su pueblo natal. Ella lleva un collar. A la extremidad está un pendiente. Lleva un retrato de Toribio. Ella se siente bendicha.

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